A sus 23 años, Giuliano Simeone estuvo a punto de hacer el gol de su vida. Estuvo a punto. Escaló la empinada, malagradecida y dolorosa montaña del casi, con la piedra en la punta de la bota, y se le fue al vacío.

Había controlado la pelota en el área, de un toque e llevó al arquero y quedó solo frente al arco con la gloria en frente disfrazada de empate, y un cúmulo de tentáculos a sus espaldas; tentáculos con forma de pies y torsos, que no lo tocaron lo suficiente como para que fuera penal, no para derribarlo con la exacta dosis de aparataje necesario.

Pero los tentáculos le trastocaron el ánima, la posición, el equilibrio, le descuartizaron el sueño… y la pelota se fue por donde no tenía que irse.

Giuliano pasará meses y años pensando en ese maldito gol que no fue. Tenía que haber sido. Tenía. Era el segundo partido de una semifinal de Champions. Apenas se perdía por uno. Y la jugada había tenido más magia que suerte.

Quizás pensó demasiado en lo que significaría asestar la patada correcta en el momento del no retorno. Quizás no pensó en nada. Quizás quiso hacerla completa, grande, inolvidable… y no lanzarse al primer roce.

Habría sido la salvación de España, la salvación de la mitad de Madrid, la salvación —esta la más profunda, compleja y pesada— de su propio padre.

Todo lo bueno que hacen los hijos de alguna forma, más o menos metafórica, salva a sus padres. Pero aquí no había metáfora. Su padre estaba dirigiendo el equipo. Su padre estaba, está, en el ojo de la tormenta, acusado por todos los contornos, puesto en duda. Su padre estaba viendo.

Iba a ser, de haber sido, el punto de mayoría de edad del joven Simeone y la consagración del viejo. Era un ganar-ganar. Iba a ser, de haber sido, algo rotundamente bello y la gente pagaría toneladas de gloria por ver ese abrazo que vendría después.

Pero no fue, y la pizarra se le quedó al Atleti en cero y perdió, perdió por uno. Y no está mal.

Sin embargo, después de llevar una piedra inmensa hasta la cima, ha visto cómo la roca rueda precipitada al fondo, de donde tendrá que volver a sacarla, una y otra vez.

Giuliano, en un instante, ha conocido a Sísifo, se ha descubierto en él, y al igual que el entonces rey de Corinto, no va morir por ello.

Eso sí: se sufre.

(Imagen: EFE)

Una respuesta a «Giuliano y el balón de Sísifo»

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