No lo hagas, no te empeñes en explicar en poco tiempo lo que lleva una vida. Si te pregunta qué es eso del béisbol, tú solo dile que consiste en que alguien lance una pelota relativamente pequeña y dura para que otro la golpee con un palo. Lo demás será hojarasca en viento.

Si sigue preguntando, no le sigas demasiado el juego, solo responde que entender el béisbol es como entender un idioma, que necesitas vivirlo y sentirlo y sufrir y querer y soñar en los marcos concretos y abstractos de un universo específico de sentidos.

Dile que lo amaste antes de entenderlo, que soñaste jugarlo antes de saber exactamente lo que había que hacer.

Dile que no comías en los recesos de la escuela para jugarlo y que una pelota, su existencia, es en sí misma un mundo de posibilidades.

Dile que los campeones vivían al doblar la esquina de tu casa y que en el estadio siempre trabajó la gente más humilde, que al mismo tiempo era la gente con las mejores historias, con los conocimientos más finos en la materia, los peores guardasecretos deportivos del mundo, los mejores chismosos y mitómanos.

Dile que todos pueden ser héroes y villanos por igual, que no vale esconderse, que a cada cual le llega su hora, su dura hora de coronarse Dios o nada.

Dile que dura más que el fútbol y que también puede durar menos, porque puede durar lo que te dé la gana.

Y dile que te deje soñar tranquilo con tu juego sucio de basura, y que tú te haces cargo de las malas decisiones de tus sueños.

(Imagen: AP)

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