El fútbol es el deporte más democrático del mundo, dicen, porque para jugarlo solo hace falta una pelota. Y puede ser, pero también puede que no.
Al escuchar esta idea pensé de inmediato en el béisbol; siempre pienso en el béisbol cuando me quieren decir que algún juego es el “más”, porque nací y crecí respirando batazos. ¿Pueden competir también en eso el béisbol y el fútbol? Quizás, si se quiere. En buena medida, las pasiones, telúricas por naturaleza, no tendrían que ponerse jamás a correr una al lado de la otra, como velocistas; en realidad las pasiones van como en los deportes de fondo y por tiempos largos pueden ir amontonadas unas con otras, incluso compartiendo carril.
Pero aquí no se trata de comparar pasiones, sino del entendimiento de tres ideas, desde lo más básico a lo más complejo: el fútbol, el béisbol y la democracia.
En el deporte contemporáneo, si de balompié se trata, es imposible jugar apenas con una pelota. La esférica, en todo caso, es el leitmotiv. Para jugar al fútbol se precisan determinados zapatos, determinadas prendas, determinados espacios, cámaras que te anulen el gol por un pelo y que hagan quedar al árbitro como un idiota a la potencia.
Se podría especificar que esto es solo para el fútbol profesional, pero si se ve hacia las canchas que abundan en cualquier ciudad latinoamericana se advertirán porterías, líneas perfectas, césped sintético, mayas…; canchas cada vez más sofisticadas para alquilar por una hora a seis o siete patas de palo, que anteceden a otros quizás un tanto mejores, patas de palo igual, que llegan a reclamar el horario contiguo. Esos patas de palo, que jamás ganarán medio centavo por darle una patada a la pelota, tampoco juegan con la pelota y punto.
En el campo de lo profesional, quitando toda la pedantería anterior y suponiendo que son 22 personas, un balón y ya, se ve también el innegable “totalitarismo” del fútbol que corre. Hay posiciones bien marcadas dentro de la cancha, hay estrategia; y esas posiciones y esa estrategia están en función del gol, de la gloria del delantero, que jamás será comparable, ni en éxtasis ni en remuneración, a la gloria cotidiana y ruda del defensa. Hay organización, hay coherencia, pero no necesariamente democracia.
Donde sí es indiscutiblemente democrático el fútbol es en su entendimiento más fundamental, ese en el que sí es la pelota como venga y los que quieran jugar, como vengan también. El fútbol por el fútbol, donde un coco seco puede transmutarse en el centro de todo si se precisa; donde no hay prensa que asegure un día: eres un dios, y al siguiente quiera colgarte vivo, mutilarte las piernas y sacarte los pulmones a las moscas en cualquier plaza; donde el tres contra dos o el seis contra cinco no es un lío tan gordo, donde el defensa no respeta los tiempos ni las jerarquías del que está más adelante, y sale sin que le importe el mundo, y si mete el gol entre dos piedras goza y, si no, ríe.
Con el béisbol el análisis resulta similar, con el agregado de que la indumentaria aumenta exponencialmente en número y especificidades. Pero el béisbol también tiene varios niveles de interpretación y, si nos ponemos estrictos, también se puede jugar solo con una pequeña bola de goma, porque el béisbol, en esencia, es batear y correr. Batear con lo que sea, correr como se pueda. Lo demás es magia, barroco y plusvalía. Igualmente alcanza con un palo de escoba y la tapa de cualquier frasco pequeño.
El béisbol cuenta con una ventaja respecto al fútbol en cuanto a lo democrático, y es que todos los jugadores tienen las mismas oportunidades a la ofensiva, a la vez que tienen su espacio de especialización y potencial brillo a la defensa.
A propósito, quiero rescatar un recuerdo de infancia. Los que pudimos jugar béisbol de pequeños, entendido en su versión más oficial de pelota dura, guantes de cuero y bate, sabemos que no siempre todos contaban con lo mínimo para desempeñarse en una posición. Y tenemos vívida la imagen de un entrenados u otro niño llegando al parque con un maletín lleno de guantes y pelotas, además del mango del bate que siempre sobresalía.
De ese saco mágico, sin preguntar dueño, todos alguna vez sacamos un guante que más o menos nos sirviera. A veces no pertenecían a alguien en concreto, sino que eran los guantes y las pelotas de la vida, del tiempo, que iba regalando un vecino o dejando aquel que no venía a jugar siempre, y hasta el que se mudó de ciudad y de país. Era eso, el maletín con las cosas más o menos de todos, más o menos de nadie, compartido.
No estoy seguro de si era algo democrático o no. Solo me reviso un poco y saco la cuenta de que era hermoso.
#Futbol vs #Baseball… ¿Cuál es más democrático?🫣https://t.co/YirmANakjl
— Juego Sucio (@suci0_jueg0) April 28, 2026





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