No llega al metro con 80 centímetros, no tiene escándalos mediáticos, no suele hacer declaraciones polémicas, su nombre nunca entrará en la discusión absurda del mejor de la historia, la prepotencia no se le ha visto cerca del semblante ni a la mirada asomársele por encima del hombro.

Sin embargo, Ousmane Dembélé está apenas a dos juegos de ganar por dos años consecutivos la UEFA Champions League, luego de marcar este martes dos goles en el partido de ida de semifinales ante el Bayern Múnich; encuentro que acabó cinco por cuatro, favorable al Paris Saint-Germain.

Dembélé es la bujía fundamental de ese sueño, y viene de ganar los premios al The Best Player y Balón de Oro en 2025. De él también puede decirse, por solo quedarnos en los grandes acontecimientos, que se coronó campeón del mundo con Francia en 2018 y que volvió a disputar la final de la lid en 2023.

Aún así, el francés parece mantener un determinado bajo perfil en el mundo explosivo de la farándula futbolística, cuyos titulares son cooptados constantemente por quienes llamaríamos los chicos malos: un Yamal, un Vini, un Mbappé; los malcriados de la gloria prometida y hasta cierto punto esquiva.

Pero Dembélé es otra cosa. A nivel mediático, no resulta ni siquiera la estrella sociométrica del PSG, la cual, sin dudas, encarna Luis Enrique, director técnico, también con mañas de chico malvado frente a cámaras y micrófonos y la medalla de remover el árbol del equipo parisino, despedir amablemente a todas las superestrellas y ponerlo, por fin, a ganar.

Y Dembélé detrás de esa máquina de declaraciones virales, de ese “lo voy a controlar to-do” de su DT, y luciendo como el buen soldado, que sabe marcar gol y no tiene problemas con bajar a defender con los dientes; como el renacido, que sacó brillo a una carrera futbolística luego de una potencial cumbre en Barcelona.

En julio habrá Mundial, otra vez Mundial, y Francia volverá al ruedo de los favoritos y temidos. Ahí estará Ousmane.

Si gana los dos partidos de Champions que le quedan y la cita del Orbe se cierra con La Marsellesa, no habrá quién diga, por un año más, que no estamos ante el mejor.

No es Messi ni Cristiano, con sus respectivos altares ya garantizados en el panteón del Fútbol. No es Lamín, no es Vini, no es Kylian; tampoco el increíble rubio de las nieves, Erling Haaland; ni los niños ni los millonarios ni los borrachos de esquina discutirán mucho por él.

Aún así, está siendo y probablemente será, al menos por los meses que le quedan al año, no el mejor, pero sí el más completo, que es un tipo también de mejor que normalmente no gana. Habrá que aprender, si la dictadura del espectáculo nos lo permite, a querer y adorar a esa especie rara de guerrero galo.

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